El noble arte del llaverazo

En el festival, un clásico. En los baños del garito o incluso en la pista si eres un tipo ducho con kilómetros de carretera zafándote de porteros entre el gentío. En aquel concierto de miércoles inesperado… Pero el llaverazo en sí mismo no entiende nuestro sempiterno concepto de espacio-tiempo. Un instrumento que ha involucionado y que está a nuestra entera disposición para cuando nosotros queramos. En el aparcamiento, ya sea antes o después del festi. En el coche, ya sea en el camino de ida o de vuelta. En la parte de atrás de la gasolinera aprovechando que el colega meón de turno no deja de dar por culo con el ridículo tamaño de su vejiga.

Pero esta historia va mucho más allá de cualquier concepto que hayáis oído antes. Este relato cien por cien verídico es real y es un hito en el haber del ser humano. El llaverazo que pasará a los anales de la humanidad. Un punto de inflexión en la historia de la drogofilia. Un antes y un después. Una historia que no podría haber imaginado ni el mismísimo Irvine Welsh. Una batalla que deja a Trainspotting o a Réquiem por un Sueño a la altura del betún. Imaginen alquilar un coche en el corazón de Bruselas.

En un típico día de mierda de esos del norte de Europa y conducen casi tres horas para llegar a una abadía benedictina donde la leyenda cervecera dice que vende, en exclusiva, la mejor cerveza del mundo. En el jodido corazón rural de Flandes. Imaginen llegar y que esté cerrado. Un viernes a la hora de comer. En qué coño piensan estos putos europeos para cerrar un viernes… Fail. No hay anda que hacer. Además los grandísimos hijos de la gran puta no tienen ni la puta dignidad de poner una mierda de horario. Así luego vienen aquí y se ponen a exigir.

48 horas después estábamos de post parquineo mañanero. Los llaverazos habían hecho acto de presencia durante toda la tarde, toda la noche y toda la mañana. El conductor se dignó a dormir dos horas entre más llaverazos en pos de hacer un viaje de vuelta algo más seguro, lejos de la velocidad en el sentido más poliédrico del término. Pero quién hostias puede dormir con dos tipos al lado que no pueden dormir y cuyo remedio es meterse otro llaverazo al cuerpo. En el colmo del surrealismo y en el modo high que le había propiciado su compadre el abre puertas, conciben una idea brillante: Despertar al conductor sobrio como él solo y probablemente único espécimen de ese calado en millas a la redonda y decirle que están listos para conducir, que mientras puede seguir durmiendo plácidamente allí. La estupefacción no llevó a otra cosa que arrancar el motor, poner el GPS e introducir de nuevo la dirección de la abadía benedictina, la de la mejor cerveza del mundo.

Fue ponerse en marcha y el speed venirse abajo. A dormir. Recorrer las putas Árdenas al ritmo de Los Chikos del Maíz tiene su punto. Llaverazo en la gasolinera ante la estupefacción de la dependienta y carretera hasta nuestra ansiada meta. Tras casi mil kilómetros en el culo y un festival de por medio estábamos en la puta abadía de San Sixto. Momento en el que probamos la mejor cerveza del mundo. Otro hito vital cumplido. Sigamos quemando etapas. dónde coño está la próxima no lo sabemos.

Una asquerosa sopa de brócoli fue el preludio de lo que estaba por llegar. Cuando una persona lo goza más con una mierda de mejunje belga que con la mejor birra del mundo, motivo único del viaje, sabes que la cosa pinta raro. Y así fue. La sopa de palo empezó a propiciar viajes al baño. Unos aseos frecuentados básicamente por viejos del lugar. La media del lugar, 60 años. Tras el tercer viaje le preguntamos que qué coño hacía. Todos los cubículos están llenos, reponde. Un par de minutos después y tras dar un par de mocholazos vuelve al baño. Nada nuevo bajo el sol.

Llegó el sorbo de despedida y hora de coger el coche. Casi un litro de birra de doce grados en cuerpo. De empalmada, con tres horas de camino por delante. En Bélgica. Quinto día de fiesta consecutivo… Todo pintaba bien. Y para ellos la ecuación solo tenía una visión posible, un llaverazo bien tamizadico. Estás jodidamente loco. No me voy a meter un llaverazo en la abadía benedictina de San Sixto, sentencié. Qué coño crees que he hecho yo en el cubículo…

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